viernes, 22 de marzo de 2013

El hombre solitario


Un hombre destruyó su mundo y cerró las puertas de sus continentes. Secó los mares y apagó el sol. Y siguió caminando solo, mudo.

Y entonces no hubo nada, y se dio cuenta de que era feliz pues, aunque todos se habían ido, tenía tiempo para conocerse al fin, y tiempo para enfrascarse en su mente, para sentir su corazón, para dejar de pensar en otros y no usar más la razón.

No sintió miedo. No sintió angustia, nunca temió. Nunca pidió ayuda ni perdón. Y siguió solitario, recorriéndose a si mismo. Recorrió miles de vecindarios, pero no buscando habitantes; buscaba saciar su sed de conocimiento, quería descubrir todo lo que la gente le había impedido ver. Pudo ser él mismo y hacer lo que quisiera. Pudo caminar desnudo por las veredas. Pudo caminar con esmoquin por la arena. Nadie lo veía ni lo molestaba. Se sintió tan libre; la sociedad no lo fastidiaba.

Podía ser quien quisiera. Podía ser él.

Y el pequeño gran hombre, solo en su inmenso mundo, nunca se sintió solo ni abandonado. Nunca se sintió triste ni taciturno, y dejó de pensar en el amor, en la sociedad, en las reglas.

Y nunca quiso descansar.

Pero un día sin darse cuenta se encontró encontrando...y no lo quiso aceptar. No se sintió más solitario y se empezó a asustar.

Y siguió encontrando más cosas dentro de lo encontrado y, extasiado, siguió viajando. No paro de buscar y descubrió un nuevo mundo y poco a poco olvido ser él mismo; olvido como ser solitario.

Se volvió tan dependiente, necesitaba este nuevo mundo y nunca quería perderlo.

Ya sin darse cuenta seguía buscando. Tenía una sed insaciable. Siempre encontraba más y nunca parecía cansarse.

El nuevo mundo lo dejaba entrar y navegar por los nuevos mares que ante él se abrían abría de par en par para que degustara sus manjares.

Y se unieron dos mundos. Dos mundos paralelos. Mundos que no estaban destinados a tocarse, mundos totalmente ajenos.

Y sin darse cuenta los mundos se fueron fusionando y ambos formaron una nueva cepa y aunque ahora no quieren que se sepa, los mundos se estaban enamorando.

Los mundos se volvieron uno y compartían sus tristezas y las curaban con sonrisas y besos, y se dedicaban palabras y versos.

Y un día, mirando atrás, el hombre empezó a recordar. Recordó lo solitario que era, los paseos por la vereda, las noches estrelladas.

Recordó la libertad completa que sentía antes de ella, recordó su propio planeta que nadie había invadido; recordó como se había prometido jamás buscar compañera.

Y se rió de si mismo y de las cosas que entonces pensaba.

Se alzó del suelo, miró a su amada y a la oreja le recitó:

"Derrumbaste mi mundo,
lo hiciste colapsar;
me embriagaste de perfume
y me enloqueció tu caminar;
me engatusaste con tus trucos
y me hiciste enamorar
e incluso, a veces, te llegué a odiar.

Pero recapacitando
y poniéndome a pensar
no hay momento en mi vida
mejor que aquel en que nuestros mundos 
se vinieron a encontrar."

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