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sábado, 23 de marzo de 2013

Prólogo

Este es el prólogo de una novela en la que empecé a trabajar hace unos 3 años. Empecé, pero nunca terminé. Quizá por falta de constancia, quizá porque el tiempo decidió que no era el momento, no sé. Lo que sí sé es que ahora estoy mucho mejor preparado para terminarla, así que capaz y pronto sigo escribiéndola.

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El sol se desvanecía en el ocaso, al igual que mis esperanzas de verla. Los cables eléctricos, ocultos tras las plumas negras de los talingos, la calle lúgubremente vacía y la rapidez con que la oscuridad se robaba el día, daban una atmósfera fúnebre, como avisando lo que estaba por ocurrir.

Ya eran un cuarto para las siete; estaba dos horas tarde. Una corriente de vergüenza corrió por mi cuerpo. Pensé: “¿y si no le parecí tan atractivo?” Pero dicho pensamiento pronto fue opacado por mi egocentrismo, el cual me ofreció una conclusión mucho más placentera: tal vez no vino porque mintió sobre su apariencia y al ver mi fotografía le dio vergüenza presentarse y ser una desilusión para mí. Ese parecía un escenario mucho más probable; después de todo, yo nunca he sido poco atractivo. Además, basándome en la forma en que me habla y halaga, he podido inferir que es una persona primordialmente superficial. 

No, definitivamente mi atractivo no pudo haber sido la razón de su ausencia. Pero entonces, ¿qué pasó? Mi mente empezó a idear toda clase de posibles situaciones que le impidieran presentarse. Quizá dejo de amarme. Tal vez nunca me amó.

Por más de media hora pensé en la posibilidad de que fuera alguna mujer solitaria y fea, cuyo aspecto físico la llevó a rezagarse de la sociedad y recurrir al internet como única forma de obtener y mantener algún tipo de contacto humano. No la culparía, el mundo actual parece estar fabricado únicamente para gente atractiva. A los feos no es que se les trate mal; no se les trata en lo absoluto, a menos que adornen su fealdad con una buena personalidad, dinero o fama. Pero esta no podía ser la razón, había visto sus fotos y no era para nada poco atractiva. Sin embargo, pensé, ¿qué tal si esas no eran sus fotos? puede haberme mentido todo el tiempo. Me sentí traicionado. Yo he sido honesto desde el principio, nunca le mentí, nunca le escondí nada…

Esto último me llevo al borde de la paranoia. Nunca le escondí nada y, sin embargo, Miranda podía no ser real. Probablemente mi inocencia en el mundo virtual me llevó a caer en manos de uno de los tantos hombres homosexuales y solitarios cuyo único pasatiempo es encontrar hombres en la web y engañarlos para satisfacer sus asquerosas fantasías. Quizás la fotografía que me tomé especialmente para ella, ahora estaba colgada en la pared de un sesentón, calvo y sin vida social, que pasa sus noches satisfaciendo su carne y eyaculando en mi retrato.

La idea fue creciendo en mi mente, alimentándose de pequeños detalles ocultos en nuestras conversaciones. Detalles del tipo al que uno no presta atención ni da mayor importancia hasta que son absolutamente vitales. Pequeñas cosas como su supuesto temor a mostrar sus partes, o que su perro mordiera su webcam justo el día antes de chatear por primera vez.

Ahora todo encajaba: había sido engañado. La rabia se apoderó de mí. Decidí olvidarlo todo, ir al bar más cercano y suicidarme con alcohol, para así despertar la mañana siguiente como un hombre nuevo, con nada más que la resaca de unos patéticos seis meses de embriagarme con amor falso. Me levanté y empecé a caminar, arrojé las rosas en un basurero, metí la mano en mi bolsillo derecho y saque mi cajeta de cigarrillos; prendí uno. Delicioso vicio. Asesino. Es la forma más cercana que tengo a saborear la muerte, poco a poco, con cada jale que le doy, siento como mis pulmones se llenan de fatalidad. “El suicidio de los débiles” pensé.

Entonces lo oí. Sentí el recorrido de las ondas sonoras, surcando el aire y volando hasta mi tímpano, haciendo resonar mi cavidad auditiva, como si la bala hubiese atravesado mi cabeza. Intenté voltearme en dirección a la fuente del sonido, pero no podía determinar su procedencia, fue demasiado fuerte. Sonaba como un disparo, estaba casi completamente seguro de que habían matado a alguien, pero por la forma en que la paz se mantuvo (de hecho me atrevería a decir que se intensificó), supuse que ése no había sido el caso.

Me quedé parado, como en shock. Los siguientes minutos fueron extraños: no sentí temor, ni curiosidad. Me dieron ganas de sentarme, de pronto no hacía falta suicidarme en alcohol, sólo quería quedarme allí, quieto, sin hacer nada…y eso hice.

Me senté en una banca, bajo un árbol. No tenía ganas de nada. Pronto mi mente empezó a divagar y a darle un sentido metafórico y espiritual al disparo. Quizá lo había imaginado, por eso nadie se conmocionó. Quizás el disparo fue el punto final a meses de mentiras y engaños, fue un llamado, un abrir de ojos. No hacía falta embriagarme, ya me había suicidado y había vuelto a la vida, ya podía vivir otra vez.

¿Otra vez? Ni siquiera podía decir eso. La verdad es que a mis cuarenta y seis años no había vivido nada. Nunca tuve grandes errores, nunca fui completamente feliz, ni completamente triste, nunca hice nada más que seguir la corriente, seguir la multitud; dejarme llevar. No he sido más que una roca en el río de la sociedad, me he dejado arrastrar, moldear y acomodar al gusto de otros. Nunca me detuve a pensar, nunca paré a ver el día; a verme a mí mismo. Nunca viví, sólo existía.

El disparo fue mi despertar –pensé- es hora de vivir.

La noche me cubrió con su oscuro brillo y yo, sin dudarlo, le entregué mis sueños.

viernes, 22 de marzo de 2013

El hombre solitario


Un hombre destruyó su mundo y cerró las puertas de sus continentes. Secó los mares y apagó el sol. Y siguió caminando solo, mudo.

Y entonces no hubo nada, y se dio cuenta de que era feliz pues, aunque todos se habían ido, tenía tiempo para conocerse al fin, y tiempo para enfrascarse en su mente, para sentir su corazón, para dejar de pensar en otros y no usar más la razón.

No sintió miedo. No sintió angustia, nunca temió. Nunca pidió ayuda ni perdón. Y siguió solitario, recorriéndose a si mismo. Recorrió miles de vecindarios, pero no buscando habitantes; buscaba saciar su sed de conocimiento, quería descubrir todo lo que la gente le había impedido ver. Pudo ser él mismo y hacer lo que quisiera. Pudo caminar desnudo por las veredas. Pudo caminar con esmoquin por la arena. Nadie lo veía ni lo molestaba. Se sintió tan libre; la sociedad no lo fastidiaba.

Podía ser quien quisiera. Podía ser él.

Y el pequeño gran hombre, solo en su inmenso mundo, nunca se sintió solo ni abandonado. Nunca se sintió triste ni taciturno, y dejó de pensar en el amor, en la sociedad, en las reglas.

Y nunca quiso descansar.

Pero un día sin darse cuenta se encontró encontrando...y no lo quiso aceptar. No se sintió más solitario y se empezó a asustar.

Y siguió encontrando más cosas dentro de lo encontrado y, extasiado, siguió viajando. No paro de buscar y descubrió un nuevo mundo y poco a poco olvido ser él mismo; olvido como ser solitario.

Se volvió tan dependiente, necesitaba este nuevo mundo y nunca quería perderlo.

Ya sin darse cuenta seguía buscando. Tenía una sed insaciable. Siempre encontraba más y nunca parecía cansarse.

El nuevo mundo lo dejaba entrar y navegar por los nuevos mares que ante él se abrían abría de par en par para que degustara sus manjares.

Y se unieron dos mundos. Dos mundos paralelos. Mundos que no estaban destinados a tocarse, mundos totalmente ajenos.

Y sin darse cuenta los mundos se fueron fusionando y ambos formaron una nueva cepa y aunque ahora no quieren que se sepa, los mundos se estaban enamorando.

Los mundos se volvieron uno y compartían sus tristezas y las curaban con sonrisas y besos, y se dedicaban palabras y versos.

Y un día, mirando atrás, el hombre empezó a recordar. Recordó lo solitario que era, los paseos por la vereda, las noches estrelladas.

Recordó la libertad completa que sentía antes de ella, recordó su propio planeta que nadie había invadido; recordó como se había prometido jamás buscar compañera.

Y se rió de si mismo y de las cosas que entonces pensaba.

Se alzó del suelo, miró a su amada y a la oreja le recitó:

"Derrumbaste mi mundo,
lo hiciste colapsar;
me embriagaste de perfume
y me enloqueció tu caminar;
me engatusaste con tus trucos
y me hiciste enamorar
e incluso, a veces, te llegué a odiar.

Pero recapacitando
y poniéndome a pensar
no hay momento en mi vida
mejor que aquel en que nuestros mundos 
se vinieron a encontrar."

miércoles, 20 de marzo de 2013

La Serpiente de Cicicus

“Para ser felices y buenos no hace falta mucho, de hecho no hace falta más que querer ser feliz. La maldad sabe eso y es por eso que siembra deseos innecesarios, envidias y rencores en nuestra mente, para distraernos de la verdad, para hacernos creer que necesitamos tener el mundo en el bolsillo para ser felices, cuando, en realidad, ni siquiera el bolsillo nos hace falta.”

Esto es lo que  John Stren decía diariamente a sus estudiantes. Jóvenes de todas las edades asistían a las clases que él ofrecía gratis, pues pensaba que el conocimiento no es algo que se puede (ni se debe) vender.

John vivía en una pequeña ciudad llamada Cicicus al borde del Mar de Marmara. La ciudad era habitada por personas amables y cariñosas. Todos se conocían pues no había más de 300 habitantes agrupados en tan sólo 20 familias; es decir, la mayoría tenía algún tipo de lazo que los unía, y esto se veía claramente en la forma en que se trataban unos a otros. Al caminar por las calles durante la mañana se escuchaba, entre los cantares de los pájaros, los bueno días que se daban los vecinos desde sus portales.

Al medio día la ciudad se llenaba de deliciosos aromas provenientes de las pequeñas casas en las que las mujeres, siempre hacendosas, preparaban el almuerzo; y por la tarde se escuchaba el murmullo que venía de la pequeña plaza, donde iba casi todo el pueblo diariamente para pasear por el parque y comprar una que otra cosa en los comercios.

La familia Stren, a la que pertenecía John, era una de las más antiguas. Su tátara-tatarabuelo había llegado desde Estambul, junto con otras 8 familias, a esta tierra, huyendo de los problemas y conflictos que traen las grandes ciudades. Decidieron establecerse en un lugar donde pudieran ser felices, donde el humo de la ciudad no nublara su visión y pudieran vivir en armonía sin necesidad de mucho. Fue él, el tatara-tatarabuelo de John, Franz Stren, quien dijo las sabias palabras que John repetía diariamente a sus alumnos, y que estaban grabadas en un letrero en la plaza para que todos los habitantes las recordaran por siempre.

John era un joven valiente, honesto y trabajador. Por estas razones era especialmente apreciado en la comunidad y ya muchas veces había resuelto los problemas del pueblo, pero esos problemas nunca fueron tan grandes como los que estaban por llegar.

Un viernes en que John estaba paseando con sus estudiantes por la playa, se asomó por el horizonte un barco. Cicicus, a pesar de estar en la costa, no era reconocida por ser una ciudad portuaria; por lo tanto, muy pocas veces llegaban barcos. John se extraño al ver que el barco venia en dirección al pueblo, pero a la vez se alegró. Quizás venían nuevas familias, personas de otra cultura diferente a la que había en Cicicus, tal vez eran personas que aportarían cosas buenas a la comunidad. Así que corrió al pueblo y, junto a sus alumnos y al resto de los habitantes, fueron a la costa a recibir a quien fuera que venía en ese barco.

El buque cada vez se veía más grande hasta que se detuvo y un bote fue bajado desde la cubierta y se vieron 3 personas subiéndose a él. La emoción del pueblo era inmensurable, agitaban las manos en el aire para que los vieran y sonreían, eran sonrisas puras y verdaderas, sonrisas llenas de amor y candidez.

El bote finalmente llego a la orilla y de él se bajo una joven alta y muy bella, de facciones finas y delicadas, estaba vestida muy elegantemente. No era una familia, era una empresaria llamada Elisabeth Scrooge. El pueblo lo recibió y organizaron una gran fiesta en su nombre, pero durante toda la celebración Elisabeth se quedo parada, observando a todos sin hacer ningún gesto ni decir una sola palabra.

El lunes siguiente John fue a dar clases, como todos los días. Pero hoy los estudiantes estaban diferentes. Normalmente había un gran bullicio hasta que el maestro llegaba, pero hoy eran pocos los jóvenes que estaban esperándolo, y cada uno estaba sentado en su lugar, sin hablar ni mirar a quien estuviera a su lado. John no se extraño por las ausencias, después de la fiesta, que duro casi todo el fin de semana era obvio que los jóvenes no se despertarían temprano, pero la forma en que se trataban los alumnos sí le preocupo.

Después de clases, mientras John caminaba hacia su casa, se sintió raro. Las personas parecían fantasmas, no hablaban, no saludaban. Todos parecían muy pensativos, como si no estuvieran allí. John se preocupo aún más. Cuando llego a su casa se encontró a Elisabeth hablando con su madre. John la saludo con una cándida sonrisa. Elisabeth le devolvió la sonrisa, pero ésta estaba llena de picardía y malicia. John no le prestó atención y saludo a su mamá.

Tan pronto como se había ido Scrooge, la señora Stren empezó a actuar raro, le dijo a su hijo que dejara de educar gratis, que así no ganaba nada y que la señora Elisabeth le estaba ofreciendo un trabajo, que fuera a trabajar con ella y así podrían tener una mejor vida.

-Pero tenemos una buena vida -dijo John,

-Podría ser mejor -le respondió su madre.

John se extrañó por el tono en que su madre hablaba

-Somos felices con lo que tenemos, no necesitamos más, nunca hemos necesitado más -dijo, un tanto enfadado pues su madre nunca había estado en contra de su profesión.

-Scrooge tiene razón, eres un idealista, mejor vete a buscar una casa y una esposa, que te hacen falta. -gruñó la señora, mientras lo empujaba fuera de la casa.

Estando afuera, John vio a Elisabeth pasando de una casa a otra. Notó que la expresión que dejaba en la cara de las personas era la misma que había visto mientras caminaba a su casa. Entonces se dio cuenta de lo que pasaba: Elisabeth no vino a mejorar el pueblo, vino a destruirlo, estaba envenenando a todos con sus mentiras, los convertía en personas codiciosas. Era como una gran serpiente que poco a poco estaba acabando con el pueblo.

John tenía que hacer algo, no podía dejar que el pueblo se convirtiera en otra metrópolis.

Las personas empezaron a subir los precios de los negocios, ya no se ofrecían ayuda a menos que recibieran algo a cambio, ya nadie se saludaba, el amor que flotaba en el aire se había convertido en odio, rencor, envidia. El comercio, el dinero era lo único que les importaba ahora. La maldad había triunfado, el pueblo había sido víctima de una malévola víbora que inundo el pueblo en su ponzoña. John no podía hacer que el pueblo reaccionara y volviera a su antigua vida, trato de hacerles recordar las palabras que estaban escritas en la plaza, pero nadie le hizo caso. Entonces se dio cuenta de que la única forma de acabar con el mal era atacar directamente la raíz de éste. Debía atacar a la serpiente, debía atacar a Elisabeth Scrooge.

Pero John tenía fe en que toda persona es esencialmente buena y por eso se propuso una misión: encontrar el lado bueno de Elisabeth.

Todos los días iba John a hablar con Elisabeth, ella siempre lo recibía y lo escuchaba pero nunca cambiaba de parecer, en cambio, siempre trataba de envenenarlo a él también, pero John nunca se dejó. Ambos tenían líneas de pensamiento muy distintas, y ninguno de los dos iba a cambiar. John tenía que cambiar su estrategia, dejó de ir diariamente donde Scrooge. Elisabeth se extrañó, todos los días lo esperaba.

Un día John volvió a aparecerse a su puerta, pero esta vez no se iba a quedar, esta vez se la iba a llevar. La llevó al lugar donde daba clases, un tanto alejado de la ciudad, bajo un inmenso árbol que, según él, lo había sembrado su tátara-tatarabuelo. Le mostró un lugar donde se reunían los pájaros a cantar todo el día, la llevo al río en el que sus alumnos se bañaban después de clases. Fue tan amable con ella como lo eran antes todos los del pueblo.

Por primera vez, John la vio sonreír. Era una sonrisa pura, sin malicia ni picardía. Una sonrisa como las que ahora escaseaban en su pueblo. Elisabeth estaba maravillada con todas las cosas hermosas que no veía por estar concentrada en los negocios y por primera vez, era feliz.

Al final del día la llevo a una pequeña casa, muy vieja y maltratada.

-Esta era la casa de mi tátara-tatarabuelo- le dijo John.

Elisabeth se sintió abrumada, nunca había visto una casa tan pobre.

-¿A que se dedicaba tu abuelo?- preguntó,

-A amar- respondió John con una leve sonrisa.

-Ja! Con razón…en este pueblo todos eran unos idealistas, las ideas en este mundo no sirven, solo sirven los hechos, lo que haces para salir adelante, el dinero…
-¿Así eres feliz? ¿Teniendo mucho dinero? ¿Teniendo decenas de personas a tu servicio pero ninguna que desee estar contigo?- preguntó John.

-¿Como pueden ser felices con tan poca cosa?- pregunto Elisabeth, evadiendo la pregunta de John.

-No tenemos poca cosa, tenemos lo que necesitamos.

-¿Y qué es eso?- dijo Elisabeth, incrédula.

-Amor. Eso es todo lo que necesitamos. Nos amamos los unos a los otros, no necesitamos nada mas… ¿sabes lo que es el amor?- pregunto John. Elisabeth se ruborizó y voltio la mirada, John le giro la cabeza hacia él, y vio como sus ojos se llenaban de lágrimas.

-¿Alguna vez te han amado, Elisabeth? -preguntó John con una voz suave.

-No… -respondió Elisabeth con voz quebrada.

-¿Nadie? -dijo John, incrédulo pero con una sonrisa llena de cariño, mientras la miraba a los ojos.

-Nadie…nunca -respondió ella, sollozando, mientras bajaba la mirada.

John le alzó la mirada.

-Nadie, nunca…hasta hoy -respondió John, mientras le secaba una lágrima que corría por la mejilla hacia una recién formada sonrisa en la cara de Elisabet.